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Cuento - LÚA: UN PEQUEÑO RETRATO DE VIDA

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Toda historia debería contarse, la suya, la mía, la de cualquiera. Todas tienen emociones, vivencias, mensajes, especialmente esta.

Acompáñenme en este pequeño viaje por el camino de Lúa.

Recostó la cabeza en el desvencijado sillón de la sala de espera. A pesar de llegar temprano, observó con desconsuelo que la doctora estaba retrasada en su consulta. Faltaba atenderse todavía dos pacientes antes que a ella le llegara su turno.

Miró de reojo a las parejas que ocupaban los asientos de enfrente. Vio los rostros de las futuras madres, jóvenes como ella, que irradiaban felicidad por todos los poros de sus cuerpos. A sus lados, los futuros padres, primerizos, embelesados contemplando orgullosos las crecidas barriguitas de sus mujeres. Uno de ellos palpaba con ternura el abultado vientre, mientras musitaba dulces palabras al retoño por venir.

Cerró los ojos impidiendo que una lágrima surcara su mejilla. Sintió su soledad, una profunda tristeza que iba de la mano con el miedo, con la incertidumbre de lo que le depararía el futuro a ella y al pequeño “bultito” que ya asomaba entre las holgadas ropas de maternidad.

No quería llorar, pero las lágrimas se agolpaban prontas a salir desbordando los diques de sus ojos cerrados. Buscó una toallita de papel en su bolsa, limpiando con disimulo los enrojecidos ojos. Se acomodó en el asiento tratando de aliviar la punzada de dolor en el costado que la estremecía. También le dolía el alma; o así creía ella, como si le hubieran abierto una inmensa herida de supurante desaliento.

Se ahogaba, necesitaba algo más que aire, necesitaba el calor de una mano conocida, de un compañero que brillaba por su ausencia. Al lado, solo estaba el frio sillón vacío que la acompañaba.

Pusieron música.

Trato de concentrarse en el ritmo de moda y dejo que su mente vagara entre sus recuerdos. Las notas de la melodía se mezclaron con las imágenes que empezaban a surgir. Craso error, a veces es mejor no remover las cenizas de nuestro pasado.

Los cambios se dieron casi al mismo tiempo, el desarrollo del cuerpo y la ilusión del primer amor, las primeras miradas, las primeras caricias, el primer beso, luego el segundo y luego otro, la pasión que aumenta y que terminan por convertir a Luana en mujer.

Su nombre: Leo, su príncipe, su amor, su amante. A su lado tejió un mundo de ilusión y de dicha perpetua. Ella era él y él ella, indivisibles, inseparables. Sus miradas apuntaban siempre en la misma dirección y sus pasos se encaminaban por el mismo sendero. La vida no podía ser más bella.

La fortaleza de él la invadía, sin dudas, sin interrogantes. Incluso cuando tuvieron que poner distancia entre ellos por motivos de estudio, dejaron de pensar; que en espíritu, siempre estarían juntos.

La enfermedad de un ser querido y su posterior deceso, transformaron en Lúa, la sensación de impotencia por no haber podida ayudarla, en una decisión de seguir una carrera médica. Era su vocación. Lo sentía.

Terminó el cole y detrás quedaron las amigas, los profes, las paredes del aula, el patio del colegio, las charlas que ya empezaban a dejar de ser inocentes y los corazones dibujados; entre suspiros, en los cuadernos.

Nuevos estudios, pruebas, libros voluminosos y cuadernos espiralados. La academia de preparación era una experiencia diferente al cole. Aulas abarrotadas de compañeros con expectativas y anhelos compartidos, nuevas amigas y los profes que se sucedían uno a uno en un desfile interminable.

Todos; salvo excepciones, con el deseo ferviente de ingresar a la “U” y seguir estudios superiores. Todos atentos, tratando de entender las fórmulas, comprender los procedimientos, asimilar las ideas. Algunos más capaces, más hábiles, más rápidos, otros con esfuerzo para no quedar rezagados y los menos, los pocos, los indiferentes, los irresolutos, los de la expresión pérdida.

Levantarse de madrugada, preparar las loncheras, tomar el bus rumbo a la gran ciudad, llegar casi al cierre de la puerta de la academia, la dura banca, las horas de clase, el ligero almuerzo, los seminarios, el rinconcito en la biblioteca, el tiempo que no existe, el día que no acaba. La noche que llega, la larga cola en el paradero, la llegada a casa muy, pero muy tarde, cenar algo, arreglar algo, escribir algo, charlar algo con la familia, el sueño implacable que la manda a dormir y a levantarse temprano, antes que el gallo cante, todo de nuevo, como un círculo sin fin. La voluntad que se pone a prueba.

Los exámenes llegan, el esfuerzo que busca la recompensa soñada.

Los resultados traen la desilusión. La vacante que no se alcanza, la meta que no se cumple. La frustración no dura mucho, hay que empezar de nuevo.

Cambio de planes. Ahora hay que trabajar y estudiar.

El turno de un instituto, una carrera técnica médica, un futuro entre pacientes, fármacos, y vapores de alcohol, desechos orgánicos, miasmas, hedores, sudores, llagas y vendas, ungüentos, masajes, orines, dolores y gritos. Vestir de blanco un sueño que puede hacerse realidad.

Trabajo, estudio, estudio, trabajo. Así se pasaban los días, las semanas y los meses, sin pausa, sin Leo.

Nació como una inquietud. Una llamada no contestada, un fin de semana sin saber de él, luego otra llamada, y otro fin de semana sin noticias. Aparecen las excusas, los pretextos, también los silencios. La inquietud toma forma, se convierte en recelo, después en duda y preocupación y por último el mundo de Lúa que estalla en mil pedazos.

Es difícil describir en pocas líneas, el alud de sentimientos que aparecen cuando la traición ha tocado nuestra puerta. Todo se agolpa, todo trata de emerger al mismo tiempo, ira, desesperación, depresión profunda. Desaparecieron los juramentos, las promesas, los planes, el alma se queda vacía, la mirada se muestra perdida. No se camina, se deambula, los pies que avanzan por inercia, las ganas se esfuman, se pierde el sabor, el olor, el sonido, se pierde el sentido de la vida.

Los sollozos callados, el sueño perdido. Solo la almohada, húmeda, estrujada, quedaba como único testigo del sufrimiento de Lúa cuando abandonaba el lecho para seguir con su rutina, con sus responsabilidades.

El tiempo pasó, teniendo al estudio como único consuelo y el inmenso del cariño de sus padres para confortarla. Una mañana dejó de mirar al suelo, volvió a respirar, levantó la cabeza y observó un pequeño destello, allá en el fondo del túnel por donde transitaba.

Fueron dos años, dos largos años, casi cuando llegaba a concluir sus estudios, el destello tomo forma, tuvo rostro, sonrisa, amabilidad, juventud. Su nombre: Tony.

Él entró en su vida despacito, casi de puntitas. Encuentros casuales, miradas de lejos, saludos y cortesía, intentos de conversación, miradas ahora de reojo. Su presencia empezó a llenar los enormes espacios vacios de su ser, él fue una especie de bálsamo curativo que ayudó a cerrar las heridas que todavía tenía.

Fue inevitable. Como una flor que renace, la ilusión emergió desde las profundidades del abismo en que se encontraba y la risa volvió a sus labios.

No hay época más hermosa en una relación, que al inicio, cuando las primeras citas, nos dan la oportunidad de conocer, los gustos, los deseos, los anhelos y también los secretos guardados cuando la confianza crece.

Lúa abrió su corazón a Tony. Le contó todo, su anterior relación, su entrega, su dolor. Él entendió, no la juzgó, le dijo que él seria ella y ella él y que juntos caminarían por el mismo sendero.

Lúa lo amó y se entregó a él, más madura, más mujer. Fue una experiencia diferente, una sensación que borró de un plumazo todo su pasado. El recuerdo de esa tarde siempre estaría con ella: La respiración agitada, las palabras ardientes, los gemidos estimulantes. Los cuerpos de ambos, desnudos, sudorosos, entrelazados en una única figura sublime. El éxtasis, los músculos que se contraen y el vigor de él que entra en ella, llenándola completamente y saciándola de una sed reprimida.

El destino tiene formas de ser cruel. Lanza sus dardos buscando víctimas. Lúa recibió el impacto, su periodo menstrual no llegó.

Los eventos posteriores se desarrollaron, como escenas de una película en cámara rápida. Una sucesión de decisiones apresuradas, empujadas por el desconcierto, por el miedo a sus familias, decisiones poco razonadas pero definitivamente egoístas.

La prueba de laboratorio y el resultado positivo del embarazo, marcaron el inicio de esta extraña “aventura”. Se fugaron.

Una torpe hoja de papel en una mesa, explicando lo inexplicable, un poco de ropa en una mochila, un poco de dinero en su monedero y Lúa que abandona su hogar.

Se fueron muy lejos, con el temor marcado en sus rostros, abandonados a su suerte y solamente con la fe puesta en su creador. Viajaron todo el camino tomados de las manos. La cabeza de ella apoyada en él, cobijada, segura de que sus plegarias serian escuchadas.

Lúa no se equivocó, encontraron amabilidad y ayuda entre desconocidos. A pesar de las incomodidades, pudieron convertir el cuarto, sin puerta ni ventanas que les ofrecieron, en una especie de hogar.

No estaban de paseo, no eran turistas, había que trabajar para comer. Él ayudaba en la limpieza de una tienda comercial y a ella le facilitaron un carrito “sanguchero”. Lúa nunca le corrió al trabajo y menos a los retos, vestida con un largo mandil, lucho con la hornilla, con la plancha, las hamburguesas congeladas, el pollo deshilachado, las papitas al hilo y el aceite que salpicaba quemándola. Peleó con todo esto y ganó.

Por las noches, la pasión era un consuelo, acallaba sus privaciones, se tenían uno al otro.

A la semana de llegar Lúa pago factura por todo el trajín y estrés a la que estuvo sometida. Sangró. Tuvo que guardar reposo, tomar medicinas. Tony a su lado, se despegaba de ella solo para ir a trabajar y después corría a su lado.

Los días trajeron alivio. Lúa mejoró y pudo seguir vendiendo sus "sanguchitos" pero ahora con algo más de cuidado.

A través del internet, mandaba mensajes a su familia, haciéndoles saber que estaba bien, pero sin decirles en donde se encontraba, callando, refugiándose en las frías letras de un correo electrónico o en la página de un chat, escondiéndose con su amor como vulgares delincuentes. Olvido que no hay delito perfecto, olvido que la vida no es una telenovela y que tarde o temprano nos hace despertar.

Los días de luna de miel acabaron como empezaron. Una mañana el espejo le devolvió a Lúa, la imagen de una mujer cansada, ojerosa, irreconocible. Sintió el fracaso, había estudiado tanto para llegar a tener su cartón de técnica en enfermería, se había quemado las pestañas, privándose de fiestas, paseos y ahora con el rostro quemado por el inclemente clima de la zona, se alistaba a empujar sudorosa, el dichoso carrito “sanguchero” para iniciar la venta del día.

Se saco con violencia el mandil. Reunió las pocas ropas que tenia y sin escuchar las protestas de Tony, mando un mensaje a su familia anunciándoles su regreso. Egoísta o no, fue una decisión firme, su decisión. Miró a Tony y mostro su desencanto con palabras filosas como hojas de navaja.

¡ O acompañada o sola, pero hoy me regreso a casa!, le espetó.

Tony la miro. No dijo nada, simplemente metió sus cosas en la mochila y salió tras ella rumbo a la estación del bus. Antes, una breve despedida de las personas que tan maravillosamente se habían portado, deseos de buena suerte y pronto regreso en mejores circunstancias.

El bus que inicia el largo camino a casa.

Lúa, reclinada en su asiento, con el rostro frio, inmutable sin mirar nada ni a nadie, especialmente a Tony que a su lado la observaba de reojo, esperando de ella un gesto o una palabra que no llegaron en todo el viaje.

Las ruedas rodaban furiosas por el camino, y muchas horas después, el bus llegaba a la estación en donde la esperaban. Explicar lo inexplicable, justificar lo injustificable en toda esta locura, fue difícil. Las palabras salieron entre lagrimones, abrazos, tibios reclamos y miradas algo duras.

Lúa se separó de Tony, cada uno a su casa, cada uno tomo un camino diferente. Los padres de ambos así lo habían decidido. En cierto modo algo empezó a romperse ese día, pero ni él ni ella lo supieron. En todo el viaje de regreso sus manos nunca se juntaron.

Los acontecimientos vuelven a tomar velocidad. La madre de Lúa se enferma y tiene que operarse. La responsabilidad de la casa y del pequeño negocio familiar caen sobre ella. Cocinar, mantener la casa habitable y vender en el mercado son rutinas de todos los días. Su madre se recupera lentamente y Lúa llevando con coraje su embarazo, ve pasar los días interminables con sus noches efímeras.

Dicen que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se tenga que pagar. El cuerpo de Lúa vuelve a desmoronarse por el trajín, apareciéndole un dolor agudo en la espalda, lo acompañan repetidos episodios de escalofríos, calenturas, tal vez fiebre.

Al principio no le dio importancia, posteriormente el dolor se volvió insoportable y se asustó. la necesidad de consultar con un médico se volvió urgente. Con su dolor a cuestas se dirigió sola al Centro Médico.

¡¿Señora? la doctora la espera! .La voz sobresalto a Lúa, la devolvió a la realidad, a su presente, a su dolor.

Se paró, arreglo sus arrugadas ropas y entro al consultorio. En la sala no quedaba nadie.

La benévola cara de la doctora fue cambiando, a una mirada de preocupación, mientras la examinaba palpando la zona adolorida.

Urgían análisis, necesitaba la consulta de un especialista. El problema era serio.

Lúa sintió que era arrojada a una especie de remolino, que empezaba a girar atrapando su cuerpo con violencia. Peligraba la vida de su hijo y también la suya. Buscó una mano amiga a su lado, no la hallo. Recordó que estaba sola. Bajó la cabeza. Lúa se puso a rezar.

Dentro de toda esta vorágine, apareció una tía, su madrina, casualidad o sus rezos, lo cierto es que ella se encargo de todo, le dio el apoyo que necesitaba. Primero avisar a su familia, segundo apuró los análisis y sus resultados y por último la ayudó a internarse para iniciar el tratamiento.

Los resultados confirmaron el diagnostico que se sospechaba: Pielonefritis. Había que trasladarla a un hospital más grande y con mejores condiciones de atención. Además para agravar la situación sus defensas estaban muy bajas.

El tiempo apremiaba. La actitud profesional del personal médico se hizo evidente. Quedó rápidamente instalada y segura en la ambulancia y partió esta, pregonando por todo el camino; con su ululante sirena, lo crítico de la situación de su pasajera.

Era ya tarde cuando llegaron al hospital. Entraron por el lado de emergencia; en donde, como era habitual, se encontraba en constante efervescencia. Las luces brillantes en el techo hirieron sus ojos. Se sentía impelida hacia adelante por varias personas de uniforme que rodeaban la camilla: presión arterial, temperatura, saturación de oxigeno, frecuencia cardiaca, nada escapaba al examen, más pinchazos en los brazos, más pruebas de laboratorio, todo importante, una mirada interna a lo complejo de nuestro organismo que clama por ayuda cuando enferma y que, creo yo, en estos tiempos de medicina basada en evidencia, existe siempre la necesidad de la experiencia de un galeno que interprete correctamente la información e indique el tratamiento adecuado.

Cada tanto Lúa miraba a su alrededor, encontrando entre los mandiles blancos rostros conocidos; sus padres, sus tíos, y más atrás, casi escondido el rostro angustiado de Tony.

Su embarazo le había proporcionado a decir de sus familiares y conocidos un expresión bella, una especie de aura mágica envolvente, estilizando su figura pequeña. Pero ahora, con el rostro marcado por el dolor, no quedaba nada de ese atractivo. Trato de mostrar serenidad pero no lograba traslucirlo, trato de mostrar valor, pero este nunca asomó.

A pesar del suero y los medicamentos que pasaban por las vías, la punzada en su espalda no redimía, más bien, se acrecentaba por momentos. Empezó a sudar, regresaron los escalofríos, su cuerpo temblaba.

Entre el mar confuso de frases con voz elevada y gritos se dejaba escuchar.

- ¡Sus signos vitales disminuyen!

- ¡El conteo es muy alto!

- ¡Es una septicemia!

- ¡La estamos perdiendo!

- ¡Hay que sacarla de aquí!

- ¡Avisen a la sala que vamos para allá!

Los gritos de su madre le hicieron a Lúa comprender que la batalla estaba llegando a su fin. Se estaba muriendo.

Miró a su familia que corría; con ella, cerca de la camilla. Intento abrir la boca tratando en vano de pronunciar una confesión que no salía de sus labios.

 - ¡Mamá, Papá, perdóneme. Nunca quise hacerles daño!

 Todo se fue apagando. No sabía si flotaba o caía en un vacio inmenso. Atrás alejándose de ella, los gritos, los llantos, las ordenes, su vida.

Un postrero mensaje al pequeño que alojado en su interior desaparecería con ella, sin chance de nacer.

- Adiós mi bebe. Te hubiera querido tanto -

Un imponente lago de olvido; en donde las almas esperan el juicio de su creador, apareció en lo profundo. Lentamente, se preparaba Lúa a sumergirse en las negras aguas, cuando sintió que algo la detenía.

Un ser luminoso estaba al lado de ella cogiéndola de la mano, evitando que se hundiera en el Leteo. Era pequeño, sin forma definida, con dos apéndices como manitos que la jalaban. Un pequeño que le susurraba una melodía de notas agradables y vigorizantes. El corazón de Lúa empezó a latir furiosamente, se dejo llevar, se dejo arrastrar hacia arriba, hacia el infinito, sintiendo el cálido contacto, suave, protector.

Escuchó su nombre.

Abrió los ojos lentamente. Las imágenes al principio borrosas, fueron tomando forma. Estaba en una sala que reconoció casi de inmediato. estaba en una Unidad de Cuidados Intensivos. Tenía puesta la mascarilla con el oxigeno, en sus brazos vías que se conectaban a frascos de suero. A su lado estaba un médico que la reconfortaba tomándola de la mano.

- Estas fuera de peligro- le dijo. - Tu hijo también está bien. Lo peor ha pasado -

Lúa toco su vientre, lo sintió latir. Sabia quien la había salvado.

Estuvo varios días en coma, en un limbo entre la vida y la muerte. Su corazón aunque débil se esforzó en seguir latiendo, logrando aferrarse a la vida y despertar para alegría de todos. Con el correr de los días le fueron retirando: las sondas, los electrodos, las agujas. Abandonó la UCI y tras un breve periodo en uno de los cuartos del hospital, le dieron de alta y regresó a su casa por segunda vez, después de estar fuera de ella por mucho tiempo.

El reposo era obligatorio y a pesar de las ganas, era poco lo que le permitían hacer. La trataban como si fuera de cristal. Era la calma después de la tempestad, era tiempo de reponer las fuerzas, de recuperar los colores marchitos, de recobrar el aura perdida, que da la maternidad.

Las vivencias de los últimos meses habían provocado cambios en Lúa, veía ahora las cosas con una perspectiva diferente, antes era dable a soñar despierta; ahora en cambio, se daba cuenta que el mundo real, estaba casi siempre, muy a su pesar, desprovisto de romanticismo.

Su relación con Tony se había enfriado, la distancia entre ellos crecía tanto, en espacio como en sentimientos. Decir que no le importó seria errado, pero dejó de ser algo que ocupara por entero su pensamientos. Se veían esporádicamente, y charlaban, casi sin chispa en donde alguna vez fuego hubo.

La calma de la última semana de embarazó se rompió con el inicio de los dolores del parto.

Hay que ser madre para comprender la inmensa misión que Dios ha encomendado a las mujeres, al hacerlas responsables de la supervivencia de la raza humana. Mucho se puede contar o escribir sobre este acto de amor, podemos quizás especular, pero los ajenos, los espectadores, solo podemos contemplar estupefactos y maravillados este milagro.

Ninguna historia tiene fin, solo pausas, pequeñas planicies en los accidentados acontecimientos de nuestras vidas.

Lúa miraba embriagada de sentimientos, a la cosita que; arropada en una colchita azul, mamaba dormidita el alimento que manaba de su pecho.

Una vez más, como tantas otras veces, las lágrimas desbordaron sus ojos, pero esta vez brotaban de felicidad. El pequeño Jesús había llegado para convertirse en la verdadera y única razón de su existencia. El seria ella y ella seria él. Viajarían por el mismo camino, hasta que el tiempo y la naturaleza hagan que Jesús, siga su propio destino.

Tras la ventana del cuarto de hospital, un bello día asomaba, un hermoso marco para un nuevo comienzo.

¿Qué le propondría el mañana?. No lo sabía. Le interesaba pero no era ya su prioridad, Habrían nuevos retos, nuevos problemas, habrían nuevas vivencias. Tony estaría en su futuro, compartiendo seguro una oportunidad de formar un hogar en un rinconcito que llamarían suyo, con privaciones, pero juntos.

Soñar no cuesta nada pensó, merecían ambos una oportunidad, aunque, tal vez, lo que empezó a deteriorarse termine por acabarse, convirtiendo el futuro con Tony en solo una ilusión.

Siempre existen caminos por recorrer, personas por conocer, sentimientos por encontrar, oportunidades para llegar a ser feliz. Pero no estaría sola, nunca más estaría sola.

Mi bebé - pensó Lúa al ver a su pequeño angelito dormido.

Mi hermoso bebé.     

Nota: Feliz Día de la Madre.   

Imagen extraida de:  http://ajayu.org/index.php?topic=3050.0                                          

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